
Las Vegas me parece como un set gigante de un 'hollywood- movie' cualquiera. Los hoteles intentan replicar el mundo y hasta la historia, desde París a las pirámides egipcias, desde palacetes Romanos de los Césares al habitat de Piratas. Todo aquí es una orgía del exceso y la gratificación de los sentidos, la dolce vita replicada. Probablemente al despreciable Gog de Papini se le hubiese ocurrido un lugar como este: La reunión en un sólo sitio de las 7 maravillas del planeta, y prevemos cual hubiese sido su única respuesta, "nada puede desaparecer la histórica insatisfacción humana".
La comida sobreabunda y casi es regalada, puedes servirte la cantidad que quieras y lo que quieras. Las discos para bailar son inmensas, el sonido espectacular, reminiscente al de los conciertos masivos de las megaestrellas. Lo personal es inexistente, hay que camuflagear la realidad para que el visitante actue fuera de sí mismo, engatuzarlo para vaciarle los bolsillos. Se tira el anzuelo para poner en juego el verdadero negocio representado por los casinos y las tragamonedas.
El personaje famoso prototipo de Las Vegas era Elvis Presley, la gran leyenda, cubierto en lentejuelas y luces multicoloras, semiborracho o semidrogado, movimiento de caderas al paroxismo, interpretando medleys de sus hits en ese barítono subyugador y rodeado de mujeres seductoras que danzan en bikinis lujosos y cuerpos espléndidos.
Al cabo de un par de días el truco deja de tener efecto, la novedad cansa, la curiosidad decae y se desea volver a la realidad. Pareciera como si el empapelado que cubre y decora toda la ciudad se tornara risible, cómico, banal y llegan ansías de volver a respirar aire anodino y cotidiano, volver a dormir en la camita tibia y familiar.
La idea del paraíso puede que decepcione a muchos. Las Vegas es un paraíso vulgar y despreciable al que sólo es bueno visitar por uno o dos días, como cuando se ha ido a ver esas películas mediocres y después se agradece que la función no se prolongara más allá de los 90 minutos.
Mientras redacto estas notas, Joel emerge del lujoso pool-sauna de la suite, cuya forma es triangular como un compas masónico y un ojo avisor al fondo desde donde brotan aguas termales y burbujitas que alojan supuestas sales afrodisíacas. Se acerca hasta mi sillón toalla al cuello, exhibiendo esa sonrisa típica reconocible en un burguesito latinoamericano cualquiera, y me susurra en broma:
-"Chica, no se tome la vida demasiado en serio, Just live the moment"-.
Y le respondo:
-"Buen spot para publicitar Las Vegas."-
Y se aleja murmurando:
-"Eres un caso perdido".-
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